viernes, 9 de diciembre de 2011

Golpe inesperado


Todo iba bastante bien, empezaba a recobrar energía y decidí ir al recital solidario que organizaba la red Mundo invisible (www.mundoinvisible.com). Fue el sábado pasado en Figueroa Alcorta y La Pampa, de 14 a 19. Sol radiante en Buenos Aires. Fuimos con mi hermana a eso de las 15.30 para evitar el peor calor. Como tanto me insistieron los médicos en cuidarme del sol, me puse protector 50 una hora antes, pañuelo, lentes oscuros y sombrero de ala ancha (gentileza de mi amiga Vir), ¿imaginan el disfraz?
Cámara de fotos en mano, desde q llegamos había fotos por todos lados. Miles y miles de botellas plásticas que la gente llevaba para salvar metros de bosque chauqeño (www.bancodebosques.org); tapitas para sumar al récord guiness de juntada de la Fundación Garrahan; los Payamédicos que divirtían a los chicos y repartían narices rojas; artistas como Milo Lockett y Miguel Brea pintaban una casa de Un techo para mi país (www.untechoparamipais.org/argentina/), un espacio ludoteca coordinado por la organización Por los chicos (www.porloschicos.com), los cientos de alimentos que recolectaban los entusiastas chicos de Un minuto de vos (www.1minutodevos.com.ar) para armar entre todos cajas navideñas, los scouts ayudando siempre listos y el recital en sí, entre otras imágenes (de esas imágenes que me conmueven por la construcción entre muchas manos).
Una fiesta solidaria, muchos amigos, y yo con mi sombrero de acá para allá sacando fotos. Muuuuuucho calor. Terminó como a las 20.30.
Cuento todo esto para que se entienda el contexto. La cuestión es que el domingo me desperté con unas líneas de fiebre, náuseas y mucho cansancio... ¡como recién terminado el tratamiento de radioterapia cerebral!
Pensé que era agotamiento pero el lunes seguía igual. Llamé a mi oncóloga y  me explicó la relación entre la radioterapia y un golpe de calor: ¡altísima relación! Como lastimarme sobre una herida sin cicatrizar… Un golpe inesperado… 
Así que acá estoy, recuperándome otra vez, tengo como un déjà vu nada agradable aunque, por suerte, hoy ya me siento un poco mejor. Comparto algunas de las fotos...




  

lunes, 28 de noviembre de 2011

Felicidad

Como no sé bien sobre qué escribir, pasan días y no escribo. Las anécdotas médicas, ¡por suerte!, pasaron a un segundo plano. Hace un mes que terminé el tratamiento y me voy recuperando muy bien.
No sabía sobre qué escribir hasta anoche, cuando conocí al “hombre más feliz del mundo”, y eso me trajo al blog.
Como mínimo, quiero compartirlo para quienes no lo vieron. Canal Infinito: 26 personas para salvar al mundo, de Jorge Lanata (www.sur.infinito.com/26-personas/episodio-3). En este tercer capítulo presenta a Matthieu Ricard, doctor en genética celular, un hombre que a los 26 años decidió dejar su vida en Francia para ir a vivir al Himalaya, al Monasterio Shechen, en Katmandú (Nepal), una ciudad en uno de los países más pobres del mundo, donde se convirtió en monje budista hace 40 años. A Ricard se lo conoce como “el hombre más feliz del mundo”, a partir de estudios neurológicos que le realizaron científicos especializados en neurociencia, de la Universidad de Wisconsin (Estados Unidos), donde se midió el nivel más alto “de felicidad” en el cerebro jamás alcanzado (técnicamente, altísima actividad en la corteza cerebral prefrontal izquierda, donde se localizan las emociones placenteras).
Durante la entrevista realizada en el Monasterio, Ricard habla sonriente sobre meditación, amor altruista, compasión y, sobre todo, felicidad: “es posible entrenar el cerebro para ser feliz y hacer felices a los demás”.
Entre los entrevistados durante el programa, también habla el economista Lord Richard Layard, autor del libro Felicidad, best-seller en Reino Unido, que influyó para instalar la temática dentro de la agenda política de ese país, y ser considerada un parámetro fundamental sobre el estado de la población.
Me quedó el tema de la felicidad en la cabeza (¿cuántas veces te preguntás qué te hace feliz? ¿quién te enseña a encontrar estas respuestas? ¡qué poco hablamos sobre qué nos hace felices!), así que busqué a Ricard en Internet (www.matthieuricard.org). En la web cuentan que, además, fue asesor del Dalai Lama, que es hijo de un filósofo francés, es fotógrafo y eligió para uno de sus libros retratar 100 sonrisas (imágenes muy simples que contagian). A la vez, apoya distintos proyectos humanitarios en Asia (www.karuna-shechen.org), con la convicción de que la felicidad de cada uno, tiene que ver con la felicidad de quienes nos rodean. Y veo una nota en el diario El Mundo, de 2007 www.elmundo.es/magazine/2007/395/1176906666.html) con una buena entrevista, y diez "consejos" para ser feliz.
No encuentro el libro Felicidad en español, ni los de Ricard disponibles en Argentina… De todos modos, la felicidad viene a mí :)

jueves, 17 de noviembre de 2011

Qué ves cuando me ves


Sabrán comprender estos días de silencio bloguero, por llamarlo de alguna manera. Me resultó imprescindible poner la cabeza en otras cosas, retomar rutinas y resolver pendientes después de meses de tener mi agenda capturada por los médicos.
Nada para preocuparse. Acá estoy, recuperándome muy bien, pelada con pañuelo, de buen ánimo y con una nueva visita a mi astróloga, que vuelve a confirmar que no me estoy por morir.
El foco para el próximo año, según recomiendan los astros, estará puesto en dedicarme a comunicar mi experiencia desde lo intuitivo, desde lo irracional, desde las tripas… ¿Qué querrá decir con eso? ¿Será este blog? ¿Hablarle a quién? ¿A  otros pacientes con cáncer? ¿A los que no tienen nada que ver con el cáncer? ¿Y comunicar qué? ¿Cuál es mi experiencia?
Me pregunto también quién va a querer escuchar sobre cáncer, o sobre la experiencia a partir del cáncer.
En estos días la mayoría de las personas cuando me encuentra lo primero que me dice es: “qué bien se te ve”. Y lo agradezco, pero no puedo evitar pensar cómo esperarían verme, o qué querrán decir, o cuán importante será verme bien o mal. Quizás no espero verme bien. Andar pelada por la vida no es una imagen que yo elegiría ni aunque me quedara espléndido. A la vez, podría verme bien y sentirme horrible, como ya me pasó otras veces.
Entonces, en esos momentos, pienso que el pañuelo es señal de cáncer, de nuestra finitud, de que nos podemos morir. Quizás “verme bien” equilibra un poquito la angustia existencial que suele provocar la idea de la muerte. En esos mismos momentos, cuando después del “qué bien se te ve” no sigue un “¿cómo te sentís?” o “¿cómo estás?”, entiendo que quizás la mayoría no quiere escuchar sobre cáncer. Y los entiendo, yo también quisiera ignorar el tema. Pero acá está.
La cuestión, cuando no me preguntan cómo me siento, es que se pierden de saber algo que, en una de esas, equilibra mucho más la angustia existencial frente a la muerte. Se pierden de saber que me siento muy bien y que sigo convencida de que algo bueno saldrá de todo esto. Sobre todo cuando la astróloga –con incuestionable rigor científico- me lo asegura, pese a que todavía no sé a qué se refiere al hablar de comunicar mi experiencia, y aunque no soy capaz de ver lo mismo que ella ve cuando me ve.

lunes, 31 de octubre de 2011

Brindamos con el ángel

Sabrán que vengo con el tema de las certezas y las incertidumbres en la cabeza… entre otras cuestiones.
La foto que ven abajo la saqué como evidencia de esas coincidencias de la vida que te hacen sonreir aunque, al menos por mi parte, no logro explicar.
La cosa fue así: Estábamos en una hermosa playa bonaerense, pueblo pequeño, bosque, médanos, calles de arena y balcón frente al mar. Sábado a la noche. Decidimos ir a cenar a un restaurant bonito, de comida casera. Se llama El Ángel. 
Abro la carta y aparece lo que pueden leer en la foto: 
Uno nunca sabe lo que va a comer aquí. Y es hermoso que uno nunca lo sepa. Si fuera predecible, no valdría la pena cenar aquí. Si todo aquí fuera una certeza, no sería El Ángel, sería un Mc Donald… 
Mi lugar ideal :) Brindamos con el ángel. Sin palabras.

sábado, 29 de octubre de 2011

Horizonte




Cumplir años o no cumplir. Esa es la cuestión.
Necesitaba horizonte y acá está, frente a mí. Con el sonido de las olas, el olor a mar y a bosque.
Lo decidimos ayer. Superamos la inercia habitual y salimos a la ruta. Es la  mejor manera que imaginamos para celebrar que hoy, justo hoy, empieza un nuevo año para nosotros. En muchos sentidos.
Hoy puedo decir que terminé el tratamiento. Hice la última aplicación de radioterapia y ayer tomé la última medicación. Todavía tengo la panza revuelta, el sueño algo alterado y leves molestias pero, a grandes rasgos, me siento bien. Bien después de dos meses intensos, por llamarlos de alguna manera.
El horizonte tiene esa perspectiva única, instantánea. Y el mar ese fluir que recuerda que nadie se baña dos veces en el mismo río.
Vendrá la recuperación, un tour por los consultorios del dermatólogo (tengo que controlar la piel radiada), de mi oncóloga, luego hacerme controles y a eso, probablemente, sumarle un montón de cosas que todavía no tengo idea. Será un año de seguimiento médico frecuente. Recién en un año me va a empezar a crecer el pelo. Es decir que será un año de pañuelos, gorros o pelucas… ya veremos.
Pero sobre todo, será un año para buscar un nuevo equilibrio que me deje tiempo para hacer otras cosas que no sean cáncer. Esas otras cosas que me dan tanto entusiasmo que, a veces, me hacen sentarme en la computadora incluso un domingo o levantarme de madrugada a anotar una idea de una campaña solidaria que no quiero olvidar. Proyectos en los que creo profundamente y me dan la esperanza de que podemos sumar nuestro granito de arena. 
Mirando atardecer en el mar, soy feliz. Agradezco que casi todos los posibles efectos secundarios, detallados en el consentimiento que firmé, no sucedieran. Aunque algunos sí, van a ir pasando. Y sucedieron otros, sobre los que nadie me avisó. ¿Qué puedo decir? A esta altura, me resulta claro que este es uno de los aprendizajes de estas últimas experiencias. Esperar lo imprevisto parece lo más cercano a poder anticiparse. Convivir con la incertidumbre que está frente a mí como este horizonte en un mar en continuo movimiento.

lunes, 24 de octubre de 2011

¿Estoy en un reality y nadie me avisó?

Me pregunto si seré parte de un reality show y nadie me avisa. Es la explicación más lógica que se me ocurre para lo que pasó hoy.
Resumo la previa para que se entienda: como mis imágenes cerebrales son un “caso atípico”, en un estadío inicial, con buen pronóstico, se hicieron varios ateneos y juntas médicas para definir el tratamiento a seguir. Según me explicaron entonces, eran 20 aplicaciones de radioterapia en toda la cabeza, casi todos los días, con un listado enorme de posibles efectos secundarios y secuelas que tuve que escuchar, y consentir.
Ahora lo de hoy. La semana pasada recibí la aplicación número 20, y hoy a la mañana tenía el turno con la médica a cargo para que me diera el alta. Estaba ansiosa esperando el bendito alta porque todavía no había logrado ponerme contenta de terminar esta etapa.
Después de unos 40 minutos, me llaman al consultorio. La médica me pregunta cómo me siento, le cuento que voy un poco mejor cada día y me dice, sin anestesia, que estuvieron evaluando y quieren hacerme un par de aplicaciones más (“por las dudas”). Quedo petrificada. Si me estaban filmando para el reality, ese fue el momento de la música de terror: empecé a llamar a mi oncóloga, ya casi sin escuchar lo que decía la mujer.
Ir a buscar el alta médica y encontrarme otra vez en el equipo, ¿no será un poco mucho para mi delicada estabilidad emocional? ¿Cambiaron de idea? ¿Se equivocaron cuando calcularon 20? ¿Será que esto sigue, sigue y sigue, ¡y me lo dicen así!?
Ahí nomás, me hicieron una nueva aplicación. Y en ese mismo instante me quedó claro que, ni siquiera lo poco que parece previsto, se mantiene.

jueves, 20 de octubre de 2011

Certezas, ilusiones y red

La incertidumbre tomó mis días. No hubo ni uno, esta semana, que resultara como lo había planeado. Misión imposible. Me entrego y dejo de planear. Estoy cansada de estar cansada. De a ratos, a la madrugada, el cuerpo descansa pero la cabeza sigue dándole vueltas al tema del último post, “Ilusión de certeza”.
Son los primeros días de salir con pañuelo. Ya me conozco pelada, no me da angustia, y esta vez tengo cejas y pestañas (aunque parezca un detalle, cambia). Tengo una sensación como de primer día del próximo año. Eso en cuanto a la imagen, claro. En cuanto a cómo me siento físicamente… espero escuchar un alta médica con un: “de aquí en adelante, sólo cabe ir mejorando”.
Mientras, me emociona leer a mi amiga Andrée, que me escribe sobre certezas e ilusiones. Y me trae a la memoria un juego de las clases de teatro, que hice hace años. Es ese en que uno cierra los ojos, se pone de espaldas a sus compañeros y se deja caer para que lo sostengan entre todos con los brazos entrelazados. Esa entrega supone la certeza de confiar en el otro, en esos brazos que forman una red.
En palabras de Andrée:
“Uno se aferra a esa ilusión de organizar la vida… “¡el tiempo!” (¿querés cosa más descabellada?!!!). Pero a la vez necesitamos “jugar” ese juego. Sería como la falta de gravedad, ¿te imaginás viviendo como los astronautas? Sin pisar suelo firme (aunque, ¿es firme nuestro suelo?) o sin caminar en forma vertical, con la cabeza “arriba” (¿y todos esos chinos cabeza abajo?). Estamos rodeados de cosas que parecen algo pero quizás, si lo analizás, no lo son… o son relativas. Coincido en que no hay vuelta atrás. No podrás volver a pensar que “la agenda es la realidad”, pero quizás es necesario vivir un poco ese juego de “certezas consensuadas”. En una de esas, las certezas funcionan como “sistema de arranque”, para emprender cosas. O no haríamos nada, estaríamos paralizados ante el signo de pregunta.Más allá de esto, en lo personal, creo que tu postura es más ventajosa, en relación a quienes creen sin cuestionamientos en las certezas. Creo que esa aceptación de la no-certeza hace que tu espíritu sea más abierto a nuevas situaciones. Para terminar, franqueando mi propio límite de lo cursi, quiero compartir una certeza que tengo: el amor que siento por algunos mortales. Nada ni nadie podrá modificar esta certeza.” 
¡Esa puede ser una certeza para mí también! Aunque fuera una ilusión, la red me resulta lo más valioso. Confiar en las personas que quiero y me quieren, me sostiene. Cada abrazo de GonG, cada llamado, cada visita, cada propuesta, cada silencio, cada lector, cada palabra, cada buen pensamiento. Sin duda, me han atajado durante estas semanas.